SEMINARIO: ESTRATEGIAS DE REDUCCION DE RIESGOS ASOCIADOS
AL USO DE DROGAS EN ESTEBAN ECHEVERRÍA
Jueves 16 de octubre de 2003
Salón Auditorio de la Municipalidad de Esteban Echeverría
S.T.Santamarina 464, 4to.piso. Monte Grande
Reducción de riesgos en el escenario educativo : contenidos, emoción, acción y contexto. Amor y juego. La educación como conversación.
¿Es posible reducir los daños?
Profesora Martha Weiss
Miembro del Equipo Itinerante de Salud Integral para América Latina y Caribe
Capacitadora docente Gob.Ciudad de Buenos Aires. Asesora temporaria de OPS
Intentaré compartir con Uds. algunas reflexiones que surgieron de mis andares por distintos tipos de experiencias educativas, formales y no formales, de acción y de lecturas, y sobretodo de muchas horas de “mirar y ver”, de “escuchar y sentir”.
El transitar por culturas diferentes me hizo revisar muchas de mis creencias construidas a lo largo de mi vida y me acercó a pensadores tan disímiles como Humberto Maturana o Pierre Weil.
Acuerdo con Maturana en que la emoción que llamamos “amor” es fundante de lo social y consiste en la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. Sin esta aceptación, no hay convivencia posible.
Sin aceptación y respeto por sí mismo uno no puede aceptar y respetar al otro y sin aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia, no hay fenómeno social, en la concepción de Maturana.
No es la razón lo que nos lleva a la acción sino la emoción, lo que nos pasa en las tripas.
En todo argumento racional hay un sustento emocional. Lo que sabemos ocupa un lugar en nuestro sistema de creencias y valores construido a lo largo de nuestra vida
El juego es la otra dimensión desde la que nos constituimos como humanos. Las experiencias lúdicas que configuran nuestros primeros intercambios ayudan a definirnos como humanos. Todo intercambio puede ser planteado como algún tipo de juego, entendiendo por ello toda acción u ocupación que se desarrolla dentro de límites espaciales y temporales determinados, según reglas obligatorias aunque libremente aceptadas, acción que tiene un fin en sí misma y va acompañada por un sentimiento de tensión y alegría.
Los humanos nos embarcamos en distintos tipos de juegos: algunos constructivos y otros no tanto. Lo que parece que no es posible es no jugar algún juego.
De allí que el amor y el juego se consideren los fundamentos, a veces olvidados, de “lo humano”.
Ahora bien, ¿qué papel tiene el lenguaje en este escenario? Como fenómeno que nos involucra como seres vivos estamos acostumbrados a reconocerlo como un sistema de comunicación simbólica. Las palabras que usamos revelan nuestro pensar y hasta pueden insinuar el curso de nuestro quehacer. Por eso no son inocuas. La intersección entre emoción y lenguaje es la conversación. Maturana lo dice más sabrosamente: una conversación es el entrelazamiento entre lenguajear y emocionarse…
Desde esa perspectiva podemos pensar a la actividad educativa como una forma de conversación.
Una conversación entendida como esta particular intersección entre emoción y lenguaje, es mucho más que las palabras que la componen. Genera emociones en los que participan de ella, y esas emociones modulan el significado del lenguaje. Según como me voy sintiendo en la interacción comunicativa, interpreto de un modo y otro lo que dice mi interlocutor. A su vez, las palabras que elijo para decir algo generan sentimientos y estados de ánimo.
El actuar de un modo u otro surge de los sentimientos: del afecto, de la alegría, del deseo, del miedo, de la vergüenza o de la culpa. Vale entonces intentar diseñar los espacios educativos como conversaciones con otro válido para la convivencia, a partir de la cual se puedan utilizar los conocimientos construidos colectivamente en el ejercicio de una práctica con relación a las situaciones que la vida nos presenta.
Pero una conversación ocurre en un contexto, con una determinada escenografía, con un trasfondo social constituido por una trama de roles y vínculos, tiene una historia, un pasado en el cual se inscribe y un futuro en el que se proyecta y que los participantes pueden ver como un futuro deseado o como un futuro temido.
No podemos dejar de incluir los hechos del azar, los imprevistos que pueden modificar el curso del proceso.
La actividad educativa, como la conversación, es un proceso social en contexto. Por tanto, no puede ni debe ser ingenua o aséptica: puede y debe ser una educación para la acción, no para la mera información. Si las personas que participan en el proceso educativo no experimentan modificaciones mutuas, si no pueden luego instrumentar los resultados de esa experiencia a favor de su proyecto de vida individual y colectivo, esa educación quedará como un arabesco intelectual sin consecuencias, de poca utilidad para las personas y para la comunidad.
Entonces sí podemos afirmar que es posible no sólo reducir los daños sino también disminuir los riesgos. Porque quien es convocado a participar de un “juego” interesante, en donde percibe el respeto puesto en acción, se siente cuidado y por lo tanto, valioso, porque sólo se cuida lo que se valora. Quien se siente valioso y además tiene la oportunidad de experimentar la sensación de cuidar y por tanto sentirse “potente”, estará mucho más lejos de buscar “paraísos artificiales” que le permitan ver lo que no hay y no ver lo que hay , como bien decía un adolescente consumidor de pegamentos en Retiro.
Y como suele suceder, las anécdotas son más ilustrativas que los discursos, por eso quiere contarles…
Lo que nos quede
El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center de la ciudad de Nueva York.
Si alguna vez estuvieron en un concierto de Perlman, ustedes sabrán que llegar al escenario no es un pequeño logro para él. El tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas.
Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente, es una visión asombrosa. Camina penosa pero majestuosamente hasta que llega a su silla Entonces se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los sujetadores de sus piernas, toma un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante, se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una seña al director y comienza a tocar
Hasta ahora la audiencia está acostumbrada a ese ritual. Permanecen sentados mientras él hace su trayecto hasta esa silla. Permanecen reverentemente silenciosos, mientras él afloja los sujetadores de sus piernas. Aún esperan hasta que esté listo para tocar.
Pero esta vez, algo anduvo mal. Justo cuando terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Pudimos escuchar el ruido. Saltó como un tiro atravesando el salón. No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. No había tampoco dudas sobre lo que él tendría que hacer. Los que estábamos allí esa noche pensamos: “tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o encontrar otra cuerda para el suyo”.
Pero él no lo hizo. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente. La orquesta comenzó y él tocó desde el punto en el que se había detenido.
Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza como nosotros nunca lo habíamos escuchado antes.
Por supuesto todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con sólo tres cuerdas. Yo sé eso y seguramente muchos de ustedes sabrán eso. Pero esa noche Itzhak Perlman rehusó saberlo.
Ustedes hubiesen podido verlo modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto sonó como si él estuviera sacando el tono de la cuerda que se había roto y consiguiendo nuevos sonidos que nunca había hecho jamás antes.
Cuando terminó, hubo un impresionante silencio en la sala y entonces la gente se levantó y lo aclamó.
Hubo un extraordinario aplauso, proveniente de cada rincón del auditorio.
Estábamos todos de pie, gritando y animando, haciendo todo lo que podíamos para demostrar cuanto apreciábamos lo que él acababa de hacer.
El sonrió, se secó el sudor de sus cejas, detuvo su inclinación para aquietarnos, y luego dijo, no con presunción, sino en un tono reverente, pensativo, calmo: “Ustedes saben… algunas veces … la tarea del artista es descubrir cuanta música uno puede hacer con lo que aún queda”.
Qué maravillosa línea esta! Ha permanecido en mi mente siempre, desde que la escuché. Y, ¿quién sabe? Tal vez es la definición de la Vida, no sólo para los artistas, sino para todos nosotros. Aquí hay un hombre que se ha preparado toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, quien repentinamente, en medio de un concierto, se encuentra con sólo tres cuerdas, así que realizó música con tres cuerdas. Y la música que hizo esa noche con sólo tres cuerdas fue más hermosa, más sagrada y más memorable que ninguna que haya hecho jamás, cuando él contaba con un violín de cuatro cuerdas.
Así que, tal vez, nuestra tarea en este mundo que vivimos, confuso, inestable y que cambia velozmente, sea hacer música, al principio con todo lo que tenemos y luego, cuando eso no es más posible, hacer música con todo lo que nos quede.
S.Se.R en el Sur
Municipalidad E.Echeverría- Secretaría de Salud – COPSEE
Inspección de Enseñanza Interrama del Distrito de E.Echeverría
Con el apoyo de ONUSIDA y de la Oficina para la Droga de N.aciones Unidas. Prevención del Abuso de Drogas y del VIH/SIDA en los Países del Cono Sur Argentina / Proyecto AD/ARG/02/G17